9.5.20

Simón Viola lee "Porque olvido"

Esta del profesor y crítico dombenitense de La Codosera, en plena Raya, es la primera reseña de Porque olvido. La publica en su blog Notas al margen. Muito obrigado. Parece que el libro empieza a moverse, desconfinado al fin. 




PORQUE OLVIDO
(Diario, 2005-2019)

Álvaro Valverde
Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Perspectivas, 2020, 400 págs.

   Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), uno de los escritores con mayor proyección fuera de Extremadura, ha protagonizado algunas de las iniciativas culturales más relevantes en la región, entre las que destacamos la edición, junto con Ángel Campos Pámpano de Abierto al aire. Antología consultada de poetas extremeños (1971-1984), la creación del Plan Regional de Fomento de la Lectura (2002-2005), la dirección de la Editora Regional (2005-2008), la presidencia de la Asociación de Escritores Extremeños o la fundación, junto con Gonzalo Hidalgo Bayal, del Aula Literaria José Antonio Gabriel y Galán.
   Como poeta, es autor de una trayectoria lírica recogida en las más reconocidas antologías de autores de su generación y traducida a varios idiomas, con títulos tan relevantes en la historia de la poesía española contemporánea como Territorio (premio “Ciudad de Badajoz” 1984, Badajoz, DPDB, 1985), Las aguas detenidas (I premio de poesía “Ciudad de Córdoba”, Hiperión, 1989), Una oculta razón (IV premio “Fundación Loewe”, Madrid, Visor, 1991), A debida distancia (Hiperión, 1993), Ensayando círculos (Tusquets, 1995), El reino oscuro (Mérida, ERE, 1999), Mecánica terrestre (Tusquets, 2002), Desde fuera (Tusquets, 2008), Plasencias (Mérida, De la luna libros, 2013), Más allá Tánger (Tusquets, 2014) y El cuarto del siroco (Tusquets, 2018, premio Meléndez Valdés). Su obra poiética ha sido antologada en dos publicaciones recientes, Un centro fugitivo (La isla de Siltolá, 2012, al cuidado de Jordi Doce, y Álvaro Valverde. Poemas,1985-2015 (ERE, col El pirata, 2017, con ilustraciones de Esteban Navarro).
   Como novelista ha publicado Las murallas del mundo (finalista del 49º premio de novela “Café Gijón”, Sevilla, 2000) y Alguien que no existe (Barcelona, Seix Barral, 2005). Álvaro Valverde ha publicado también El lector invisible (Mérida, Editora Regional, 2001), una selección de artículos y reseñas, y Lejos de aquí (Mérida, De la luna Libros, 2004), un libro de viajes.
   En la actualidad, sus reseñas de libros poéticos aparecen en El Cultural, suplemento del diario El mundo.
   Ahora, la Editora Regional de Extremadura publica en su colección Perspectivas Porque olvido, un extenso diario que recoge, según indica el subtítulo, entradas desde 2005 a 2019. Como señala en un texto liminar, las entradas del diario proceden de su blog Solvitur Ambulando (que, ignorando versiones literales, podríamos traducir como el “caminante reflexivo”), seleccionadas y corregidas con cuidado para este nuevo “contenedor de textos” que es ahora un libro merecedor, sin duda, del juicio de Whitman (“Camarada, esto no es un libro, quien toca esto toca a un hombre”), pues si es cierto que el diario nos presenta a un lector y un escritor perseverantes también nos muestra otras facetas de su personalidad, de modo que los motivos del diario muy bien podrían situarse en sucesivos círculos concéntricos: la familia más o menos próxima (padres, hermanos, tíos, vecinos y conocidos, los recuerdos de la infancia, las dolorosas pérdidas…), los escritores con los que ha consolidado una relación de amistad (muy numerosos, pero sobre los que parece haber caído una maldición bíblica de muertes prematuras: Carlos Lencero, Fernando Pérez, Ángel Campos, Santiago Castelo, Julián Rodríguez), las actividades “institucionales” de sus sucesivas tareas (como presidente de la AEEX, como director de la Editora Regional y del Plan de Fomento de la Lectura), su trabajo como maestro (actividades colegiales, relaciones laborales, anécdotas de clase…), sus paseos cotidianos atraído por una naturaleza constante en sus poemas, sus viajes dentro y fuera de la región (congresos, actos culturales, presentación de libros propios y ajenos, visitas a centros escolares, a aulas literarias…) y, claro está, los libros, numerosísimos (tal vez el volumen pedía un índice final de autores y títulos), de los que proceden numerosas citas: “escribir en España es una de las formas del anonimato” (G. Hidalgo Bayal), “No existe ninguna palabra en ninguna lengua bantú para decir futuro” (Mia Couto), “un poema es una conversación en la penumbra” (Eliseo Diego”), “un profesor (y un escritor) trabaja para la eternidad: nadie puede predecir dónde acabará su influencia” (H. B. Adams)…
   Reproducimos una de las entradas del diario, que en el blog tituló “Carta de Don Benito”, escrita tras visitar el Aula Literaria Guadiana de esta ciudad en febrero de 2014.

   ¡Qué caras de circunstancia siempre en las mesas de las lecturas y las presentaciones! Y sin embargo, nada más lejos de la realidad. La de ayer fue una noche casi perfecta y uno estaba razonablemente feliz. Un puñado de amigos (Juan Ricardo Montaña -uno de los tipos más elegantes que conozco, en todos los sentidos-, Antonio María Flórez -fotógrafo de guardia, tan cercano-, Octavio Escobar -el escritor colombiano, de gira por España, ya un viejo conocido-, Teresa Guzmán -más joven que nunca, compañera de colección lunera-...), una sala confortable (diseñada por Moneo) casi llena de público (eso que no existe en poesía) e incluso autoridades: el alcalde, Mariano Gallego (no recuerdo haber visto a ninguno en una sesión del Aula placentina), y el incombustible y cordial concejal de Cultura, Manolo Núñez. Conmigo en la mesa, mis anfitriones: José Carlos García de Paredes y Simón Viola, los directores del Aula Guadiana de Don Benito. 
   A última hora de la mañana tuve un encuentro distendido y animado con alumnos del Claret y del IES Donoso Cortés. Eran de 1º de Bachillerato. Patricia me confesó, cuando le firmaba el cuadernillo, que no se había aburrido. La altísima Mihaila, que es rumana pero parece rusa, asintió. Y Jonás. No es poco.
   Mención aparte merece la comida, en el aéreo restaurante del hotel Quinto Cecilio de Medellín. Frente al castillo y el recién restaurado teatro romano, sobre el viejo puente, que no daba abasto para recoger entre sus arcos de piedra las aguas de un Guadiana impetuoso y desbordado. Qué paisaje -media provincia de Badajoz y parte de la de Cáceres se ven desde esa atalaya- tan distinto al que uno suele contemplar cada día, y eso que el pobre Jerte lleva semanas con aspecto de río europeo. 
   Otro tono tuvo la sesión vespertina. Pocas veces, lo confieso, me he sentido tan a gusto leyendo poemas. Uno de cada libro (y de algunos ni eso). Un par de inéditos y el último que he escrito. En medio, algunos comentarios acaso pertinentes y, por qué no, alguna maldad y otras anécdotas. Después hubo debate, cosa rara, y las preguntas no fueron las de siempre. Se ve que donde se siembra cultura los frutos acaban, más pronto que tarde, recogiéndose.
Fue salir de allí, coger el coche y volver a casa. Lo normal. Desde Miajadas, bajo la lluvia. Pertinaz, cansina. La autovía estaba peligrosa y, a ratos, en vez de en coche diría que iba en submarino.
   Ya en la cama, me costaba conciliar el sueño. Demasiadas emociones. ¡Dichosa poesía! [pp. 259-260].

6.5.20

Celan, 100 años

La lectura del artículo de Josep Massot "Paul Celan, el poeta que respondió con versos al horror del Holocausto" (El País) me ha recordado un libro de Mario Martín Gijón que todavía no he terminado, pero que conviene comentar. Se trata de Voces de Extremadura. El camino de Paul Celan hacia su shibboleth español. Lo ha publicado Libros de la Resistencia. 
Komm, / ich führe dich hinweg / zu den Stimmen / von Estremadura». «Ven, / yo te llevaré lejos / a las voces / de Extremadura». Así termina el poema «Shibboleth», uno de los más conocidos de Paul Celan, verdadera poética en clave de su obra, y que daría pie, décadas después, a un libro de Jacques Derrida, tan original en sí como libre en cuanto a la interpretación de las circunstancias del poeta judío", escribe el escritor y profesor extremeño. Y sigue: "Paul Celan nunca pisó Extremadura ni ninguna otra región de España. Tampoco de Portugal. La península ibérica sería para alguien llegado del otro extremo de Europa (de la Bukovina, región de encrucijada entre rumanos, eslavos y germanos, tierra sobre todo de una comunidad judía exterminada por los nazis) un lugar de lejanía, una tierra extrema, casi el fin del mundo para alguien cuyo horizonte cultural, muy rico, era netamente europeo, y que no sintió apenas interés por Asia, África, o América.
Con todo, es matizable la afirmación de Otto Pöggeler, uno de sus mayores estudiosos, quien al hablar de la «apropiación como traductor de la lírica europea» por parte de Celan, señalaba que esta tenía como excepción «la poesía en lengua española». Como trataré de mostrar en este breve ensayo, la península ibérica fue decisiva en la trayectoria de Paul Celan".
Lo explica por extenso en el Umbral que abre el libro (de donde se toma lo anterior). Se compone de tres partes y un anexo. La primera se titula "La biblioteca española de Paul Celan y Gisèle Lestrange". La segunda, "Celan descubre a Pessoa". La tercera, "La guerra de España y el «Shibboleth» antifascista de Paul Celan". En el anexo se enumeran los títulos de los libros que formaban la "biblioteca española" de Celan y "la extraña", como la llamaba en broma su marido
Por cierto, shibboleth (chibolete para Unamuno) significa "santo y seña" o "contraseña". Según el Cambridge Dictionary, "Una creencia o costumbre que ahora no se considera tan importante y correcta como en el pasado" o "Una palabra, frase, costumbre, etc., solo conocida por un grupo particular de personas, que puede usar para demostrarles que es un miembro real de ese grupo". 
Este es, en fin, el poema de Celan (de su libro De umbral en umbral) en versión de José Ángel Valente:

Shibboleth

Junto a mis piedras
crecidas bajo el llanto
tras las rejas,

me arrastraron
al medio del mercado,
allá,
donde se iza la bandera, a la que
no he prestado nunca juramento.

Flauta,
flauta doble en la noche:
piensa el sombrío
y doble rojo
en Viena y en Madrid.

Pon tu bandera a media asta,
recuerdo.
A media asta
hoy para siempre.

Corazón:
dalo también aquí a conocer,
aquí, en medio del mercado.
Haz que resuene, el shibbólet,
en lo extranjero de la patria.
Febrero. No pasarán.

Unicornio:
sabes de las piedras,
sabes de las aguas,
van,
te llevo
hacia las voces
de Extremadura.


Nota: En la fotografía, el poeta Paul Celan y su mujer, la pintora Gisèle Celan-Lestrange, en 1956. Colección Eric Clan. 

5.5.20

Una novela de Fernando Sanmartín

Sanmartín nació en Zaragoza en 1959. No es nuevo en este rincón. Ni en el oficio de narrar. Un narrador, diría, de amplio espectro. De libros como Apuntes de París, La infancia y sus cómplicesViajes y novelerías y Te veo triste, su primera novela hasta ahora. Es además, o sobre todo, poeta pues la poesía atraviesa toda su obra. Al fin y al cabo toda ella está muy por encima de los géneros, en sentido estricto. Con todo, ahí están El llanto de los boxeadores, El peligro de los círculos o, en fin, la plaquette Invasión de Irak. Me gustan especialmente sus dietarios: Los ojos del domadorHacia la tormenta y Heridas causadas por tres rinocerontes (de los dos primeros ya hablé aquí). 
Me gusta destacar que dirige con tino la colección de poesía La Gruta de las palabras, de Prensas de la Universidad de Zaragoza. Es, y termino la presentación, colaborador del suplemento Artes&Letras de Heraldo de Aragón.
Hablaba de su primera novela y Xordica, su editorial por antonomasia, le publica estos días de confinamiento la segunda, Os contaré la verdad
Es breve, como casi todos los libros de FS. Esa es su distancia. La tiene perfectamente calculada. La trama, que no es lo que más importa, es leve también. No estamos, por suerte, ante una novela al uso, comercial y para el público, de esas que uno no lee.
Thérèse, galerista, una parisina nieta de un exiliado español e hija de un afamado actor y de la dueña de una agencia inmobiliaria, está enamorada de dos hombres: François, arquitecto, y Jean, abogado. Vive, se podría decir, en una encrucijada. Lucha por su pequeña verdad. En medio, ya suponen, pasan otras cosas que no conviene desvelar. No en vano, leemos, "vivimos entre arenas movedizas".
Lo que sí importa aquí es el lenguaje, de una transparencia misteriosa. Claro, preciso. El lector se desliza por las páginas como quien se pasea por París, la ciudad donde se desarrolla la historia (en concreto, por el barrio del Marais). Con idéntica tranquilidad. Pasmado por la belleza que se encuentra a cada paso. Eso sí, cosmopolita (como su autor), la novela viaja hasta otras ciudades. Venecia, por ejemplo.
Ah, me encanta cómo usa el "porque...". Qué bien resuelve, y con qué originalidad (muchas veces poética), el sentido de tal o cual enunciado. 
Abundan, por lo demás, las referencias culturales. Del arte en general: la pintura, la fotografía, la arquitectura, la música, el cine, la literatura...  Barceló, Modiano (el tono modianesco es sustancial aquí: "las listas definen a quienes las hacen", deja caer en la página 118), Torga ("envejecer no es para cobardes"), Palladio, Brassaï, Simmons y Peck en Horizontes de grandeza (un peliculón que he vuelto a ver durante el encierro), Eliot, Argullol...
Sanmartín es un hombre culto, no cabe duda, aunque su prosa no sea ni pedante ni culturalista. La naturalidad manda, por más que en él esa naturalidad esté ligada, como digo, al mundo de la cultura. 
He subrayado mientras leía no pocas frases que son en realidad versos o aforismos; hallazgos o iluminaciones, en todo caso. Así, "La vida es repetir lo que hacemos", "la melancolía es una maleza", "la timidez es un misterio que termina desvelándose", "un poema es hacer visible un sentimiento", "La verdad nunca provoca indiferencia, pero puede causar miedo" (que serviría de lema a esta nouvelle), "El tiempo, ese anciano inmortal",  "escribir es siempre un autorretrato cuando no hay ficción en las palabras", "La soledad es un reencuentro con la conciencia", "La imaginación es un ejercicio compasivo para afrontar lo cotidiano", "La pasión y el amor son antídotos contra la muerte", "La conciencia es un estanque sobre el que arrojamos piedras al atardecer", "Conducir, en algunos momentos, es un estado de ánimo"...
Uno, que lee narrativa con cierta dificultad, temía, a medida que avanzaba, que Os contaré la verdad se terminara. Sanmartín, lo tengo más que comprobado, nunca defrauda. No al menos a este lector que abre sus libros con la avidez y el entusiasmo del que se sabe ante un nuevo y feliz descubrimiento.

1.5.20

Ya en mayo (apuntes)

Cuenta mi madre que un 1 de mayo, debido al intenso calor, los placentinos huyeron a las orillas del río Jerte para refrescarse. Hoy ha amanecido nublado y llovizna. Se anuncian, eso sí, temperaturas muy altas para los próximos días. 
Dudo si saldré de casa, ahora que nos han dado permiso para hacerlo. Sería, en todo caso, a primera hora de la mañana. No me gusta pasear por la tarde si no es temprano, después de comer, que es, para mí, el mejor momento, salvo en verano. Si hay que salir con guantes y mascarilla... Y luego al llegar... En fin. Y total para estar fuera un ratino y no alejarse más de un kilómetro. Habrá que consultar Google Maps. No camino con el móvil encima.
Qué situación. Desconcierta "esta vida en suspenso" (Doce dixit), lo que me recuerda un poema de A debida distancia, el que cerraba el libro, inspirado en un viaje a Nápoles, que titulé "El canto suspendido", un rótulo robado al compositor italiano Luigi Nono, de su cantata "Il canto sospeso", aunque nada tenga que ver con ella.
La lectura me ayuda a salvarme de la confusión. Y escribir sobre lo que han escrito otros. Sigo sacando adelante reseñas. Es lo único que puedo hacer, aunque algún verso, qué remedio, también se me haya escapado. Poca cosa.
Lo demás, cartas que van y viene con unos pocos amigos y alguna esporádica charla telefónica. (Lo confieso: no me gusta hablar por teléfono. No sé.) Fija, la de cada día con mi madre. Cada vez más corta. Me anima su estoicismo. Resignación, diría ella, un término menos pagano. Su conformado aguante. Ayer me comentaba que no tiene ninguna prisa por salir. ¿Vamos a saber hacerlo?
Esta semana tendría que haber presentado en La Puerta de Tannhäuser No se puede mirar (y otras estampas), de El Roto (Reservoir Books), lo que me hacía mucha ilusión, y en la Feria del Libro de Plasencia, Porque olvido, que me hacía menos. La anterior hubiéramos estado en la de Cáceres. Pronto, iríamos a la de Salamanca. Otra vez será.
Al menos ya somos tres en el encierro. Se ha unido a nosotros nuestro hijo Alberto, que estaba confinado en Cáceres. Viajó sólo en un microbús desde allí. En medio de un paisaje apocalíptico. Con lo que uno ha odiado siempre las películas de catástrofes futuristas.
Ahora las conversaciones son más extensas. Y las sensaciones y los afectos más intensos. Aunque su madre le tenga en cuarentena. 

30.4.20

1 POEMAxDÍA

Agradezco al poeta Antonio Carvajal que haya incluido un poema mío en su serie 1 POEMAxDía.
Ilustrado, ya se ve, por Salvador Retana.
Se puede escuchar aquí. Pulsando encima de los tres puntitos y descargar.

28.4.20

Lecturas encerradas (3)

Por fin empiezan a llegar papeles de nuevo. Estaba muy contento de que no se acumularan libros y revistas encima de la mesa, pero... Sí, los echaba de menos. El viernes, en el buzón, sin sobre ni nada, el nuevo libro de Fernando Sanmartín, de título igualmente intrigante: Os contaré la verdad (Xordica). Y un nuevo número de Clarín. Por mensajería, el último de Turia, con un cartapacio dedicado a Robert Walser que estoy deseando leer. Cómo me acuerdo de sus paseos estos días. Si será cierto que el domingo, en una película de esas que dan en la 1 los fines de semana, (a las que soy, con perdón, adicto), me imaginaba al escritor suizo por los hermosos senderos de los Alpes que recorrían los atormentados personajes, como él en su momento.
Sigue uno leyendo, claro, pero con menos fervor. Pasa con todo. Qué cansancio. Lo acierta a decir Jordi Doce, autor de uno de los diarios más interesantes y bien escrito del confinamiento (que publica por entregas en El Cuaderno): "Esta vida en suspenso". Sería un título perfecto para un libro futuro, le he dicho. 
Diarios son también los que escribe Avelino Fierro y Contra tiempo su cuarta entrega. En Eolas, como las anteriores. Esta vez con un prólogo de Julio Llamazares que lo califica de flâneur. Se refiere al "fulgor de los días normales", a que no se pone estupendo, a su "estilo propio"...Remata el delantal con estas palabras: "Avelino Fierro es un escritor sin género, un escritor total y sin adjetivos". 
Por sus páginas, lo doméstico y familiar, el trabajo en la Fiscalía, las lecturas (sobre todo), las salidas nocturnas por los bares leoneses y los paseos por el extrarradio, además de, entre otros muchos asuntos, los viajes. A Sicilia (una delicia), a Lisboa, al Delta del Ebro o a París,que ha propiciado, por cierto, una preciosa plaquette, Abril en París, en edición bilingüe, traducida al francés por Isabel Llagarta. Un libro dentro de otro. Ah, y cada capítulo está ilustrado con un dibujo alusivo hecho por él. Por cierto, lo que son las cosas. Una tarde, al tiempo que leía una de las entradas sobre el campo, el pueblo, la infancia y su padre, César Iglesias me avisaba de que había muerto. Para siempre, sin embargo, ventajas de la literatura, seguirá en su huerto, ahí, inmortalizado por su hijo Avelino. 
He visto hace poco dos películas que tienen por protagonista a don Miguel de Unamuno (como a Machado, quién se atreve a retirarle el tratamiento). La de Amenábar, Mientras dure la guerra, que me gustó más de lo previsto (que es lo que suele ocurrir cuando lo haces sin expectativas), y la de Manuel Menchón, La isla del viento, que sin entusiasmarme (no saca, según creo, verdadero partido al destierro del escritor en Fuerteventura), se deja ver, siquiera sea por lo paisajístico. Y por la interpretación de José Luis Gómez, aunque no mejora, si se me permite opinar de lo que no sé, la de Karra Elejalde. Esta digresión viene a cuento porque Chus Visor, en su versión Jesús García Sánchez, edita una Antología de poemas unamunianos ("¡Lea a Unamuno!", me recomendaba en mi turbia adolescencia don Ricardo Acosta). En su casa, Visor, y con un prólogo inmejorable (JGS de poesía sabe) de Rubén Darío. Allí leemos: "En Unamuno se ve la necesidad que urge al alma del verdadero poeta, de expresarse rítmicamente, de decir sus pesares y sentires de modo musical". Destaca su "necesidad del canto". Es, dice, "un poeta, un fuerte poeta". Grave, matiza. 
Como al modernista, si se me permite la temeraria comparación, "Todas las formas de belleza me interesan". Así justificaba su aprecio por Unamuno, tan distinto, en lo formal, de él. Uno ha perseguido la poesía del vasco que murió en Salamanca con ahínco, pero he de reconocer que no he logrado que me llene nunca. Recuerdo otra antología, de Trapiello (fiel al autor del memorable El Cristo de Velázquez, sobre el que disertó en Plasencia una vez Aníbal Núñez), que es persona de gusto confiable, pero ni aun así. Tampoco esta vez, aunque haya poemas de ambiente bilbaíno que me conmueven, he conseguido mi propósito. Otra vez será, lo que no obsta para no ponderar el florilegio. 
Pablo Núñez (he reseñado para Clarín su libro Tus pasos en la niebla, recién aparecido en Renacimiento, el único que me ha llegado desde el principio del confinamiento hasta que apareció desnudo en el buzón el de Fernando Sanmartín que citaba más arriba) y Rodrigo Olay (hace tiempo que envié a El Cultural la reseña de su última entrega, Saltar la hoguera), son dos poetas asturianos jóvenes vinculados a la revista Anáfora, de la que el primero es codirector, y los editores de Sobre mi poesía (1971- 2018), la de Luis Alberto de Cuenca. La obra inaugura una nueva colección, Poéticas, en la jerezana Libros Canto y Cuento, que dirige el poeta José Mateos.
El "Pórtico" es conciso y académico, en el mejor sentido, y explica, muy bien las intenciones y el alcance de la obra. Sí, se trata de un trabajo riguroso. En él se reúnen distintas poéticas del madrileño. Sorprenderán al joven lector las primeras, tan alejadas o en las antípodas de las que luego ha defendido, en torno a la poesía de "línea clara". Además, encontramos artículos sobre poéticas (de Darío, Borges, Cirlot, D'Ors o Calímaco); fragmentos de entrevistas y, por fin, poemas sobre la propia poesía, esto es, metapoéticos. Una nota sobre la procedencia de los textos y una bibliografía completan ese volumen que devorarán con gusto los muchos seguidores del autor de La caja de plata, entre los que me incluyo. 
Me ha hecho bien, dicho a la francesa, la lectura de Quién diría, qué..., de Hasier Larretxea. Por su tono: sereno y hasta alegre, pero sin estridencias. La cita que lo abre no podía presagiar lo que ha llegado después (se publicó en otoño del año pasado). Es del rumano Varujan Vosganian y dice: "Uno siempre encuentra una ventana por donde mirar. Y siempre existe, al menos, una fortaleza inexpugnable".
Es, en realidad, un extenso canto amoroso dividido en fragmentos (son poema sin título). A su compañero ("Quién diría que tú. / Quién, yo. // Nadie, salvo nosotros."), a las cosas ("Palpar la corteza de un árbol / también supone acariciar la piel de las cosas"), a los sitios, a la vida. "La felicidad es esto", dice, y luego enumera momentos felices. Es el procedimiento usual. Allí leemos: "La felicidad / es poder escribir poemas..." O "Mirarnos y saber lo que acontece en silencio".
Hay muchos recuerdos en el libro. De un viaje a la Costa Brava, por ejemplo. De una estancia en la Alhambra. Porque "Recordar es mirar el mismo lugar / en el mismo momento".
La vida, leemos es, además de "esbozo", "renuncia, "camino", "garabato", "suspiro" o "subsistencia", "celebración".
Destaca en el conjunto el extenso poema central, con el pueblo y la madre al fondo: "La suavidad de su tacto / es un acto de resistencia".
"En el norte, la salvación", diría el inmigrante que huye. "Formamos parte de un todo, / una masa de idiotizados". Donde ondean banderas que son "constricciones". "No transcurrimos / entre los mapas y los territorios", concluye.
Seguimos. 

26.4.20

Momento TAL

25.4.20

El gran Melero en La Vanguardia

El periodista Víctor-M. Amela entrevista al "lector, bibliófilo y escritor" aragonés José Luis Melero para La Contra de La Vanguardia (de donde he tomado la fotografía que ilustra esta anotación). 
El títular es propio del sentido del humor que caracteriza a Melero: "He tenido que ponerles un piso a mis 35.000 libros". Dichoso él. 
"Tengo libros hasta en el baño, y cuándo no me cupo ni un libro más... tuve que comprarme el piso de abajo, para instalar más libros. Todas sus habitaciones son para los libros". 
Luego, con la pasión libresca que le define, añade: "Son los libros que me apasionan, los libros humildes, raros... Y cada libro lleva a otros.., y así he ido componiendo mi biblioteca. ¡Una biblioteca buena es, siempre, personal!"
La conversación no puede terminar mejor. Amela le comenta: "Y fue usted muy amigo de Labordeta", a lo que Melero responde: "Ese hombre abrió mi mente, de él lo aprendí todo, por antisectario, por amigo de todos, sin vanidad, todo bondad. ¡Qué honor llevar sus cenizas a la tumba de Joaquín Costa!"

24.4.20

Galán, el cómic

Mi primo Luis Ramón Valverde Lorenzo, arquitecto y dibujante, conmemora el 150 aniversario del nacimiento del poeta José María Gabriel y Galán con este espléndido cómic. Pasen, vean y lean. 
gabriel

El Día del Libro en el colegio

Ayer, Día del Libro, en nuestro colegio, ahora a distancia, lo celebramos con un par de acciones dignas de elogio. 
Por una parte, el "Momento Tal". A las 12 del mediodía, alumnos, familias y maestros salimos a los balcones o ventanas con un libro en la mano para leer ese momentino. Ya se pasará el oportuno documento gráfico, pues no pocos han enviado fotografías o vídeos de su performance
Por otra, el profesorado llevó a cabo una idea de Duchamp, plasmada en el fragmento de 2666 de Roberto Bolaño, correspondiente a la parte de Amalfitano, que propuso nuestra compañera Teresa Antúnez. Se muestran los tenderetes librescos en el montaje visual (elaborado por nuestro compañero Jesús Martín) que está más abajo.
Allí, el chileno escribía: "En la esquina, en una casucha de ladrillos, estaba la lavadora. Durante un rato se quedó quieto, respirando con la boca abierta, apoyado en el palo horizontal del tendedero. Después entró en la casucha como si le faltara el oxígeno y de una bolsa de plástico con el logotipo del supermercado al que iba con su hija a hacer la compra semanal extrajo tres pinzas para la ropa, que él se empecinaba en llamar “perritos”, y con ellas enganchó y colgó el libro de uno de los cordeles y luego volvió a entrar en su casa sintiéndose mucho más aliviado.
Esa noche, cuando volvió Rosa del cine, Amalfitano estaba viendo la televisión sentado en la sala y aprovechó para decirle que había colgado el libro de Dieste en el tendedero de ropa. Rosa lo miró como si no hubiera entendido nada. Quiero decir, dijo Amalfitano, que no lo he colgado porque previamente lo hubiera mojado con la manguera ni porque se me haya caído al agua, simplemente lo he colgado porque sí, para ver cómo resiste la intemperie, los embates de esta naturaleza desértica. Espero que no te estés volviendo loco, dijo Rosa. No, no te preocupes, dijo Amalfitano, poniendo cara de despreocupación, precisamente. Te lo aviso para que no lo descuelgues".

21.4.20

Notas (íntimas) desde el encierro

1. Ya dije aquí atrás que, a diferencia de Almudena Grandes, lo que peor llevaba del maldito confinamiento no era carecer de "asistenta", sino prescindir de mi paseo diario a la orilla del río. Al principio, bloqueado por la situación (en esto y en más), no era capaz de deambular por casa. Luego ya sí. Ahora camino una hora. Pasillo arriba, pasillo abajo. También recorro algunas habitaciones. Es aburrido, sí, y algo mareante, sobre para los que tenemos el umbral del equilibrio demasiado bajo. Los propensos al vahído. Soy incapaz, por ejemplo, de evadirme en medio de ese torpe, elemental ejercicio. No, no levanto el vuelo, como era capaz de hacer cuando caminaba al aire libre. Cuento los pasos, las vueltas, miro al reloj... Podría ir escuchando música o llevar puesta la radio, pero me puede la fuerza de la costumbre. La de no hacerlo. No veo el momento de que al menos me dejen hacer eso. Una horina paseando fuera, ¡uf! Soy pesimista, lo confieso. Como le pregunté a Yolanda cuando hablaron del desconfinamiento de "los mayores": ¿Nosotros ya lo somos? 

2. El otro día le dije a mi hermano el cura que se pasara con la moto por la puerta de casa, siempre y cuando no fuera considerado delito. Va a comer cada día con mi madre. Era poca la vuelta. ¿Con qué intención? Además de para verlo (los dos a un par de metros y con mascarilla), para darle tres ejemplares de Porque olvido. El suyo, el de nuestra madre y el de los hermanos Antón. Fue Santiago el que me dio la idea: "¿Por qué no metes el libro en una bolsa de basura y nos lo subes a casa?", dijo. Como eso, teniendo en cuenta la distancia entre nuestros respectivos domicilios, sí sería causa de multa, di con esta solución. Ya están en ello. Me hace ilusión que este libro fantasma tenga al menos cuatro posibles lectores. Por lo que me comentan, dos ya seguro.

3. No llevo bien, y perdón por la jeremiada, lo de ejercer de maestro virtual. Es un timo. Ahora se aprecia más que nunca lo importante que es el contacto directo con el alumno, la explicación palabra a palabra y sin necesidad de apoyos tecnológicos (si acaso la tiza y el encerado), la observación de sus movimientos en el aula: las miradas, los gestos, las posturas...
Envío a los míos (padres y madres mediante) las tareas a través de sencillos correos electrónicos y ellos me mandan sus deberes diarios mediante fotografías del cuaderno. Esto lo pueden hacer todos. Sólo se necesita un móvil. Lo de la videoconferencia y otras monadas sería, digan lo que digan, un ataque a la igualdad de oportunidades. O eso creo. Debo de ser muy antiguo. Desde luego, nunca un youtuber, como repito ahora con frecuencia ante la avalancha de pedidos de vídeos con poemas grabados. No disfruto nada con esa manera de proceder. Ni con la sobreexposición internáutica. Qué necesidad tiene uno, por ejemplo, de mostrarse en las pantallas y de enseñar de paso su casa. La intimidad para mí es sagrada. Pudoroso que soy.
No, esto no es, en rigor, enseñar, por más que los muchachinos aprendan. Sí, porque he decidido (para eso existe la libertad de cátedra y cierta flexibilidad en las enojosas instrucciones de las autoridades educativas) avanzar con el temario. Poco a poco. Sin agobios ni exigencias, que bastante tenemos. Porque los contenidos son asequibles y los alumnos listos y capaces.
Me estoy replanteando seriamente si seguir así (ya están los agoreros hablando de un próximo curso con mascarillas, toda una pista) o jubilarme de una santa vez. Mi duda es metódica, lo reconozco. En septiembre cumpliré treinta y cinco años de trabajo en la función pública y cuarenta en la educación. Para esto, mejor fuera. Aunque sea en un "fuera" que es dentro, ya se sabe. Cuándo se normalizará esto. Ni a ver obras va a poder ir uno como cualquier jubilado que se precie. Menos mal que no tengo nietos.

Ilustración: Vista desde una de nuestras ventanas. 

20.4.20

Un poema


Hoy hubiera cumplido años mi tío y padrino José Antonio Valverde Luengo. Murió el pasado 20 de marzo. Unos días después escribí este poema. Me parece oportuno publicarlo ahora. Está dedicado a sus hijos. 



URNA

                   Para José Antonio, Saluqui, Fátima, Luis Ramón y Esther.

Esta urna recoge las cenizas
de José Antonio.
Su vida reducida a simple polvo.
Pero no su memoria,
invencible al destino
de estos restos humildes.
Fue una persona alegre sobre todo.
Un hombre bueno.
Tuvo, por eso, amigos
que lamentan su pérdida.
Adoró a su familia.
Por culpa de esta plaga
que ha asolado al planeta,
no podemos velarlo
los unos con los otros
en un encuentro cómplice.
Ni dar a esos despojos
cristiana sepultura
junto a su amada esposa.
Su duelo, llantos solos
de gente confinada.
Los suyos nos dolemos
y esperamos que llegue
el día en que podamos
celebrar funerales.
Esta urna atesora
mucho más que residuos
de mi queridísimo tío Ñoño.

Nota: La imagen es de una antigua urna funeraria etrusca.

10.4.20

Los diarios de Julián Rodríguez

António Cerveira Pinto ha reunido en Arte y Naturaleza, el blog de la Fundación Ortega Muñoz, una suerte de micro-revista quincenal, todos los textos que Julián Rodríguez publicó en su muro de Facebook a lo largo del año 2019, desde el 1 de enero hasta el 28 de junio, cuando publicó su última anotación, escrita poco antes de morir. 
"Pueden leerse como un extracto de lo que hubiera sido su último libro, su anunciado Diario de un editor, o incluso de Fingirnos perfectos, la tercera entrega de su ciclo autobiográfico Piezas de resistencia, completada por Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos", leemos en la citada bitácora. Para leer esta primicia, basta con pinchar aquí. Ojalá ese libro salga al final adelante. Para vencer a la muerte. Para deleite de sus fervorosos lectores, entre los que uno se encuentra. Cuando murió, escribí: "En estos últimos tiempos, disfrutaba muchísimo leyendo su diario de Facebook. (...) Qué buen libro saldría (saldrá) de ahí".
La fotografía es de su perra, Zama, y esta hecha por Julián cerca de su casa de la sierra, donde le sorprendió la muerte.